Nadal se despide y le llueven aplausos
Rafael Nadal, uno de los tenistas mejor criticados por la audiencia, jugó en el Six Kings Slam su última partida, quizá de todas la más importante en su carrera.
Durante el juego con sede en el distante país de Arabia Saudita, en la Kingdom Arena, esta celebración que logró reunir a varias de las estrellas más famosas del tenismo internacional con trayectorias igual de loables que las del español o su eterno rival, el serbio Novak Djokovic, tales como Janik Sinner, nueva promesa con solo veintitrés años, Carlos Alcaraz, Holger Rude o Daniil Medvedev, el grado de expectación era en cuanto realidad palpable un suceso al alcance de oídos y de los ojos, llenos entonces de aplausos, gritos, risas y la clara certeza de un hecho imposible de negar: el español, ganara o perdiera aquella tarde el tercer lugar por el cual definirían sus puestos él y su contrincante Novak, tras la ceremonia de premiación se retiraría del recinto saudí con la frente en alto.

Su primera de derrota, o victoria, si ganar consiste en haber ido simplemente como figura estelar a hacer lo que desde que tiene uso de conciencia ha logrado realizar sin esfuerzo casi a la perfección, en un cara contra cara ante su compatriota de veintiún años, Carlos Alcaraz, deshizo tal vez la esperanza de verlo lucirse cual si éste se encontrara en la flor de la vida, con un desempeño honorable para tratarse de las últimas veces que el público lo vería portar la raqueta. Pero cabe un inciso antes de continuar. El énfasis es necesario: su momento de brillar, visto desde una postura no exigente ni ciega si no a la altura de sus resultados como un deportista de alto rendimiento, veloz, calculador, en una palabra, talentoso, dueño de sus facultades físicas y mentales, de su innegable destreza para anticipar los posibles movimientos de sus rivales en la cancha, fueron todos y cada uno de sus partidos durante el Six Kings Slam celebrado los días dieciséis a diecinueve de octubre, donde estaría de más poner juicios sobre la balanza fuera de contexto, innecesarios.

Setenta juegos habrían hecho volver a enfrentarse al español Nadal y el serbio Djokovic, de los cuales, a lo largo de múltiples canchas, jugándosela hasta superar sus limitaciones o ver cambiar de un momento a otro el rumbo de las apuestas a favor de uno o de otro, el mayor premio que les sobrevivirá cuando incluso al serbio le llegue la fecha de su retiro es la satisfacción de quedar en la historia en mayúsculas del tenismo internacional como dos estrellas difíciles de alcanzar en una vida. Con esto dicho, pesan diferente las palabras que a Nadal, una vez le ganó, el serbio Novak habría declarado en voz alta, conmoviendo a los presentes: «Hemos vivido muchos partidos intensos durante muchos años, y compartir la cancha contigo ha sido un auténtico honor. No te retires, quédate un poco más (…) Quién iba a decir que estaríamos aquí veinte años después. Espero que un día podamos sentarnos en una playa, tomar una copa y hablar sobre la vida».
De este modo, el acreedor del primer lugar del Six Kings Slam, sin embargo, no fue quien el público habría esperado ver con los pies bien firmes sobre el podio; al contrario de ciertos cálculos fallidos, llevándose a la casa un total de trece millones quinientos mil dólares, se coronó victorioso el joven tenista nacido el año 2001 citado anteriormente, Jannik Sinner, dejando a las generaciones anteriores disputarse los terceros y segundos lugares, digna pero inesperadamente. Un final deseado que daría el cierre que merecía tener un cambio de generación en el tenismo: los viejos por los nuevos. Y esto a Nadal no parece disgustarle.
Con información de Récord, José María Flores